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El Autor

José Luis Rodrígues Badillo.
Nació en Tampico, Tamaulipas, estudió la Carrera de Ingeniero

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Pablito

por: José Luis Rodrpiguez Badillo

Testimonios:
Jesús Del Angol Balderas
Dr. Rogelio Velazco Díaz
Pablo Alvarado Jiménez
Raúl Velazco Díaz

 

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Cuando la estatura se mide de la cabeza hacia el cielo, los personajes retoman su verdadera dimensión, su grandeza se pone a la vista cual es y, así es el caso de Pablo Alvarado Jiménez, un extraordinario hombre y ser humano, que nació un día 9 de diciembre de 1945 en Tuxpan, Ver. Su mamá fue Doña Josefina Jiménez y su papá Pablo Alvarado, en el año de 1949 se avecindaron en Poza Rica; al poco tiempo de nacido sus padres se dieron cuenta de que era de estatura muy corta, afectado por diversas patologías genéricamente llamadas enanismo, que le valió un cariño agregado de sus familiares, maestros y amigos que lo rodeaban.

Pablito como siempre le hemos dicho los que lo conocemos desde la infancia, ingresó a la legendaria escuela Art. 123 María Enriqueta a iniciar su educación básica; recuerda con mucho orgullo a sus maestros: Hermelinda Ponce, Ascensión Muñiz, Ildefonso Vega, Regino Barrios, Juan Olmedo y José Morales Raga, con todos ellos integró su formación primaria. En el pasaje de esta extraordinaria etapa vivió muchos sucesos y grandes logros, los que platica con mucho orgullo, sobresaliendo su asombrosa facilidad para el manejo de la aritmética; afortunadamente los números siempre se le dieron muy bien tanto que lo llevaron a integrar el cuadro de honor en esta materia, pero este logro no fue fácil, compitió ferozmente contra los compañeros de otros grupos, destacando siempre por su innata cualidad.

Pero las habilidades aritméticas iban a la par de un niño inquieto y travieso, que siempre estuvo a la defensiva de las malas bromas entendidas por razones obvias, pero un mal día el límite llega al tope. Cuando salía de clases acompañado de su gran amigo Gilberto “La Cuita”, de repente unos compañeros malosos se le arrojaron encima diciendo al unísono ¡pamba a Pablito, pamba a Pablito!. Los no menos de diez chamacos hicieron imposible su defensa, solo alcanzó a poner sus cortas brazos sobre su cabeza y aguantar la andanada, “La Cuita” asustado sólo acudió a consolarlo después del recriminarte acto. Pablo los miró con detenimiento y le dijo a “La Cuita” ¡fíjate bien quienes son!, ya, contestó “La Cuita” y ambos amigos continuaron rumbo a la salida de la escuela y se despidieron. Los malosos nunca imaginaron haber despertado un león dormido.

Al pasar de los días, Pablo vio a una de ellos que estaba tomando agua en uno de los bebederos, se le acercó sigilosamente por detrás, dándole tremendo empujón sobre la cabeza que le rompió el labio superior, el chiquillo se quedó llorando mientras Pablo sólo dijo; uno menos. Después de una tenaz persecución vio a otro que iba a usar el pasamano de la escalinata como resbaladilla, le dijo, “yo te ayudo”, ahí le dio un descomunal empujón, que al caer se hizo tremendo chipote que le hizo voltear rápido hacía el diminuto amigo, quien sólo dijo sonriendo, “uno menos”. Y así, hasta que saldó la cuenta; esto despertó su instinto de defensa ganándose el respeto y temor de los demás.

Su relación de amistad con su gran amigo Gilberto Sánchez la “Cuita”, iba en aumento; dos amigos que compartían su debilidades, carencias y momentos de abundancia; juntos se les veía al lado del famoso tortero “El Colorado” quien siempre tuvo rasgos de consideración para los dos, mitigaban el hambre diariamente con la tradicional torta de “Sardina o Atún”, con un vaso rebosante de agua de horchata; no era indispensable para ellos traer dinero, el crédito era abierto y sin límite, siendo la deferencia exclusiva y solamente para ellos, el diminuto y el gordo.

Un día la mala fortuna llegó para disolver aquella alianza, Pablo se preparaba cotidianamente para hacer el paseíllo en la alfombra roja sobre la duela de la Cancha Bermúdez, pues se aproximaba su graduación de la primaria, su mira ya estaba puesta en el Colegio Salvador Díaz Mirón, mientras que “La Cuita” se quedaría otro año más en la primaria, pues el sexto grado se le había intoxicado y no pudo salir; se tenía que pasar el próximo año sin su más cercano amigo, ¡un terreno baldío en su corazón!

Mientras que para Pablo su nueva aventura se encontró con nuevos amigos, y por supuesto que son buenos amigos: los hermanos Raúl y Rogelio Velazco Díaz, Felipe Espinoza Hernández, Lic. Jose Luis Meseguer Lima, Cayetano Ledezma García, Alfredo Sosa “El Feyuco”, Arturo Romero Almora, Esther Cárcamo, Elisa Boock, Esther Cobos, los hermanos Arcadio y Juan López Llanas, Raúl y Jesús Montero Pérez, Victo Manuel “Coco” Salgado Arjona, José de Jesús Peñafiel Serichero, Juan Ángel Fano, Leonardo y Julio Pecina Hernández, Mardoqueo Reyes Cruz, Pablo Alcázar Blanco y Sergio Humberto Martínez Olivera.

Pablo se integró a este grupo sin ningún complejo, en forma íntegra, alborozado como siempre ha sido su carácter hasta la fecha; el grupo lo cobijó y participó con ellos en los bailes, tardeadas de la semana del estudiante, las cascaritas de futbol, básquetbol y el hecho más sobresaliente, cuando iban a la albera todo era regocijo pero cuando había que echarse un clavado desde el trampolín de diez metros sólo Pablo se agigantaba y el valor le sobraba, una y otra vez gozaba de ese placer, lo que causó gran admiración de sus amigos y asistentes, quienes disfrutaban de aquel hecho.

De gran recuerdo que allá por los años de 1958 y 1959, un grupo de jóvenes aficionados a la música afanosamente aprendían a bailar el ritmo del Twist; continuamente ponían sus acetatos en un tocadiscos para escuchar las canciones de boga. Encabezados por Pablo, asistían tarde a tarde Roberto Hernández Valdés, Mario Martínez García, Sergio Humberto Martínez Olivera y Ricardo Hernández Enríquez; fue tanta la armonía y gusto por este estilo de baile, que en un festejo ganaron un concurso de Twist, lo que les dio fama entre la palomilla y ranking entre la muchachas de la secundaria, que buscaban discretamente bailar con ellos en las tardeadas.

Solo dos años permaneció Pablo en el Colegio Salvador Díaz Mirón, después se pasó al Colegio Tepeyac, ahí los amigos no fueron menos, compartió el aula con Tony Merino Westcamp, con quien se recreó de las instalaciones de lo que hoy es el Deportivo Petrolero, disfrutó el privilegio de compartir con el Ingeniero Merino la alberca, el boliche, donde Pablo ganó varios torneos y compartió la mesa del comedor de este hombre benefactor; cuántas personas deseaban su lugar.

Pronto se fue el año y Pablo subía como la espuma en los estudios, hasta que llegó el momento de emigrar como nos sucedió a muchos; se fue a la ciudad de México a estudiar en la Escuela Bancaria y de Comercial, ubicada en Paseo de la Reforma y Nápoles, de la Col. Roma, donde se tituló, siendo contratado días después por Don Rómulo O’Farril, distribuidor de equipos de servicio urbano en el Distrito Federal; en su casa siempre asistió a muchos paisanos que acudían en su ayuda, la que brindó con mucha calidez, entre sus numerosos huéspedes están los integrantes del Grupo musical “El Tarro de Mostaza”; después Pablo se casó con la señorita Laura Cecilia Gómez Hernández realizando otro importante paso en su vida.

La vida le dio una oportunidad de trabajar en Petróleos Mexicanos; inició en San Martín Texmelucan, continuó después en las oficinas de Marina Nacional y Azcapotzalco, plazas donde le dieron un lugar digno a su capacidad; después llegó de nueva cuenta a Poza Rica, a la Refinería, donde un superdotado erudito descubrió que Pablo no era útil ¡vaya descubrimiento¡, este sabio decidió que lo liquidaran con dieciséis años de antigüedad, afortunadamente Pablo supo ahorrar sabiamente para los días de escasez y hoy gracias a esa gran prudencia, felizmente vive de sus rentas, ¡si, de sus rentas! además de la abrumadora compañía de sus amigos, muchos verdaderos amigos que como antaño siguen conviviendo con él día a día, haciendo efectiva la máxima: el que siembra cosecha.  

Esta nueva estancia en Poza Rica permitió reencontrarse de nueva cuenta con su amigo de infancia, Rogelio Sánchez “La Cuita”, con quien se visitaba mucho antes que este se nos adelantara en el viaje eterno.

En lo sentimental Pablo tuvo amores que lo acompañaron y le dieron felicidad a su corazón, hoy recuerda a algunas mujeres con mucho cariño, mientras sigue adelante en la vida dándonos un digno ejemplo de superación, denotando evidentemente, que la grandeza se mide de la cabeza al cielo. Cuántos Pablitos hacen falta en esta vida.

 

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