Camino donde el presente se liga con el pasado, brecha de esperanza y angustia, región que eternamente es regada por la brisa del mar, ruta del petróleo que aun emana nostalgia, un siglo de existencia en el tempo y crisol de historias, así se resume la brecha que en estos días denota una mejora en su entorno; la calidad de vida para sus habitantes empieza a revelarse, los servicios son casi completos y el turismo se proclinan por esta ruta dueña de una belleza natural que la realza.

Todo empezó en los inicios del siglo XIX, la explotación del petróleo que se venía dando desde Ébano, San Luis Potosí, hasta el corazón de la Huasteca veracruzana donde el huapango le puso trova y música; tiempo después las compañías se extendería sobre la extensa rivera de la Laguna de Tamiahua, Mata Redonda fue el inicio, junto al río Panuco, pasando por Llano de Bustos, La Laja, San Diego de la Mar, San Gerónimo, Amatlan, Zacamixtle, Cerro Azul, Potrero del Llano, Tierra Blanca Boxter hasta llegar a Álamo, poblados de inspiración para la copla, así lo expresa Samuel Margarito Lozano Blanca en su corrido.

Lo que sólo era por tramos un resquicio y por otros una pica de matorrales que unía pueblos donde arar con quilla de madera tirada por bestias en la arcilla era su principal actividad, tierra bondadosa en que la piña, sandia, jícama y los alimentos lacustres son el sustento, de pronto se vieron abrumados por las torres de madera incesantemente picando el suelo en busca del petróleo; este se denotaba por la gran cantidad de chapapoteras que manchó todo de negro; evidencia que atrajo a las dos gigantes de esta industria para comprar ambiciosamente cuanto terreno pudieron, bajo cualquier método persuasivo ya sea de terror y miedo, el objetivo eran las miles de hectáreas para perforar.
El trazo de la “Brecha de la Huasteca” pasa serpenteando la Laguna de Tamiahua en 80 kilómetros y sigue siendo lazo de comunicación, ya sea a pie, en lomo de bestia o vehículo motriz para las mismas comunidades de antaño. Al viajarla brota en forma espontanea una erupción de recuerdos y añoranzas que hoy se mezclan con los vestigios que quedan de los años de la explotación petrolera y el bullicio que esta actividad trajo en aquellos años.

Actualmente sigue siendo la ruta más cercana entre los puertos de Tuxpan y Tampico en el Golfo. En el estado de Veracruz, pasa por pueblos históricos testigos del auge petrolero: la vereda fue utilizada para adentrarse en territorio ignoto en busca del oro negro y fue el circuito más importante hasta 1960. Por su acotamiento corrían paralelos los ductos que llenaban de aceite los cientos de tanques de acopio con miles de barriles, que ya refinado era enviado al extranjero.

Las haciendas y los cantones más renombrados: Llano de Bustos, San Gerónimo, Juan Casiano, Amatlán, Zacamixtle, Toteco, Cerro Azul, Cerro Viejo y Juan Felipe de arquitectura colonial a base de horconaduras de madera recia y fina que se enlazaban con la Brecha; muchas fueron compradas por los extranjeros para sus viviendas y oficinas, donde las vitrolas, ropas de seda, gobelinos y tantas comodidades de la época formaron parte de aquel glamur.

Hoy transitar por esta rivera bajo el domo azul del cielo que en el horizonte se funde con el agua, surcada por diversas aves planeando constantemente, hacen de este paraíso un lugar privilegiado; sentarse bajo una palapa a descansar, o en un restaurante a degustar la comida lacustre al estilo puro de la huasteca en la zona restaurantera de “La Rivera”, es un increíble lujo al alcance de cualquier economía, sólo basta llegar a Tampico Alto y dirigirse al estero.

La antigua estructura industrial petrolera fincó sus estaciones de bombeo a cada 20 kilómetros, pues fue la potencia que sus sistemas podían dar, por eso, en su entorno florecieron las poblaciones de manera equidistante entre sí, desde Mata Redonda hasta el poblado de Potrero de Llano en el paraíso enclavado desde el río Panuco hasta San Gerónimo, con una duplicidad de circuitos semejantes en el tiempo ido. “La Brecha de las Huastecas” innovada hoy permite el tránsito de manera moderna, pavimentada y con puentes de hormigón, ha dejado en el olvido a su homóloga compañera que corría paralela y que operó la compañía “El Águila”, sistemas que nació por la rivalidad entre ambos corporativos.

Sobre la hacienda de Llanos de Bustos, se instalaron dos estaciones de bombeo con sus respectivas calderas de vapor, una llamada “Garrapatas” y la otra heredó el nombre del lugar, donde existen algunos vestigios confinados por los actuales dueños del lugar, y el incidente que dio origen a este Ejido, sucedió cuando el general Lázaro Cárdenas era encargado del destacamento militar en Pueblo Viejo, Veracruz. Al acampar un día en ese sitio, pidió a la señora Josefina Bustos permiso para apacentaran los caballos en su predio, quien irónicamente se lo negó, pero el general dueño de un trato muy sencillo, mesurado y cordial, se disculpó y ordenó el retiro; pero en 1934, cuando asumió la primera magistratura del país, convirtió los terrenos de la hacienda en Ejido.

Después de recorrer veinte kilómetros entre potreros, zarquillos de sandia y varias rancherías, se llega a la antigua estación de bombeo de Horconcitos; allí no hay vestigio alguno del auge petrolero; en la actualidad es una zona productora de carbón vegetal. Se exporta piña, sandía, ganado y marisco; esta comunidad se enlaza con la carretera nacional con la que dista sólo quinientos metros; además en este lugar se erigió un puente que conecta con la Isla de Juan A. Ramírez, uno de los múltiples islotes dentro de la laguna de Tamiahua.

También Horconcitos es recordado como lugar de suplicio para cerca de veinte mil trabajadores en 1921, realizaron una procesión desde los campos petroleros de: Cerro Azul, Amatlán, Zacamixtle, Potrero de Llano y otros, cuando el gobierno de los Estados Unidos se negó a reconocer como tal al presidente Álvaro Obregón, este, en represalia aplica estrictamente el articulo 27 a las compañías, que en reacción echan de la noche a la mañana a los trabajadores que afligidos se encaminaron con el ánimo desvanecido a Tampico, lugar donde al fin llegaron después de caminar con sus familias varios días.

Siguiendo la travesía, y culebreando la orilla de la laguna por la carretera se ven algunas edificaciones para descanso, se cruzan varios puentes sobre escurrideros y arroyos que descargan en pequeñas cuencas ganaderas y después a la laguna; en esos lugares lo mismo se ven parvadas de garzas, que de albatros o pelícanos; y a ras de tierra tortugas tomando sol, que hacen del recorrido un paraíso que no puede pasar desapercibido; en este lugar se disfruta del crepúsculo matutino, cuando los primeros rayos del sol caen sobre el agua, produciendo un imagen inolvidable, y por las noches, se ve la luna llena reflejarse sobre el espejo del agua entre miles de luciérnagas revoloteando con su luz intermitente que semeja un espectáculo pirotécnico.

Bajo ese entorno se llega al esplendoroso pueblo de “La Laja”, que exhibe de forma evidente inmuebles del auge petrolero, decenas de casas de madera al etilo anglosajón, residencias de ingleses y americanos que dirigieron la industria petrolera, edificaciones sobre pontones de troncos, pisos y paredes de madera machimbrada con plafón, residencias de estética totalmente arquitectónica, que hoy se niegan a caer pese al nulo mantenimiento, reliquias sin abrigo que expresan la historia misma del lugar.

En las entrañas de La Laja existe una vistosa iglesia que data de mediados del siglo XIX en memoria de San Felipe de Jesús, patrón del pueblo; su campana de metal aurífero repica cotidianamente llamando a sus devotos feligreses a la comunión, allí, después de misa los más añosos intercambian recuerdos y vivencias como el estero, albufera que fue limítrofe de las gigantes petroleras; al norte la estación de bombeo de San Gregorio de “La Huasteca Petroleum Compay”, y al sur, en el campo de La Laja, la compañía “El Águila”, base solida y factor categórico de la economía de estos lugares en tiempos idos; hoy, punto de rivalidad territorial después de la expropiación de las secciones sindicales 13 y 25 de Cerro Azul y Naranjos respectivamente.
La Laja también es lugar de personajes prominentes que no han abandonado su terruño. Después de destacar en otros lugares han regresado a su querencia: cono es el caso del señor Alfonso Ortega González; dejando a este personaje, el camino conduce a un pequeño asentamiento llamado “Alto del Tigre”, lugar donde la señora Sabina, dueña de un restaurante prepara unas inigualables empanadas rellenas de jaiba en masa de harina, riquísimas, ¡como para regresar!; pocos kilómetros después está la Comunidad de “Cucharas” donde operó un chalan para cruzar el río, más tarde se construyó un puente metálico que ya se hundió; en la actualidad existe un viaducto de pilón; no se puede salir de “Cucharas” sin comprar hueva seca de pescado, que en torta de huevo y tortillas calientitas se convierte en “Bocatti di Cardinale”

San Gerónimo es un pueblo de pescadores. En el pasado fue punto de tres estilos de viajar, allí salía bajo una estrepitosa algarabía el tren de vía angosta, maquinita que cruzaba por Amatlán, Zacamixtle y el centro de Cerro Azul con proezas llenas de sensatez bajo un esmeraldino ramaje; la otra opción de traslado a los puertos de Tuxpan y Tampico, fue surcando en lanchas de pasajeros tipo amazonas las aguas de la laguna, cientos de paradas en atracaderos dentro de las maniguas eran parte de las largas travesías, donde se transportaba de todo, bastaba que cupiera en el toldo de madera y vámonos; la última, por la brecha, entre arrieros y el esplendor mágico de la flora y la fauna de aquel paraíso de tiempos idos.

Pero en la actualidad, en San Gerónimo se tiene la particularidad de disfrutar del establecimiento de un delfín desde hace más de una década en la laguna de Tamiahua; para lograr llegar allí, se zigzaguea el cráter de agua sulfurosa y el brote de betún ocasionado por la explosión del pozo “Dos Bocas”; a primera vista está un canal que se enlaza con la laguna, donde se aborda una lancha de motor y por unos pesos se disfruta la compañía del delfín, que presto llega con el ruido de la maquina haciendo inmersiones en el agua de forma social, este cetáceo inteligente, amigable y divertido regala unos inolvidables momentos al visitante.

Al retorno se degusta un coctel de: jaiba, ostión, camarón o una combinación de los tres, y para despedirse, pasar por la cooperativa a comprar mariscos para llevar, después de respirar por un buen rato aire fresco y yodado, y encaminarse al sur, donde la urbanización de Naranjos y Cerro Azul se engulleron el trazo de la Brecha, esta reaparece en Zacamixtle y cruza fraccionando en dos Potrero del Llano, por el centro del pueblo, de ahí pasa por Alazán, Cerro Viejo, Tierra Blanca Boxter entre casas de palma y de tejamanil apoyada en horconaduras humeando por las rendijas un vaho blancuzco que se desprendía al cocinar con olor a un rico café, hasta llegar a Chapapote Nuñez donde termina la rúa.


Ya han pasado más de 100 años desde que este zigzagueante camino entre maniguas y parajes majestuosos de verde y perfecto follaje, fue atajo de recuas de mulas, ganado y miles de vehículos; también vio pasar a personajes connotados en los inicios del siglo pasado, que en busca de trabajo, aventura e investigación anduvieron en la Huasteca, sólo nombrar algunas le acredita a la brecha su magnitud: el revolucionario nicaragüense Cesar Sandino, el enigmático novelista Bruno Traven, donde se inspiró en la “Rosa Blanca”, el jalisciense investigador, ingeniero, político y escritor José López Portillo y Weber, el reportero Norberto Domínguez, el periodista tuxpeño Javier Santos Llorente, el diputado federal Enrique Barón Obregón, el fotógrafo Gustavo Casasola, periodistas, diputados y tres notables: Edward Doheny magnate y tirano petrolero, el eminente geólogo mexicano, Ezequiel Ordoñez y el general Lázaro Cárdenas del Río, que sin duda se pondera sobre todos.

En la actualidad las restauraciones mantienen a la Brecha en buen estado, dicho como una invitación para dejarse cautivar por una de los lugares más bellos e intensos en el norte de Veracruz. Basta una gorra, lentes para sol, ropa ligera, y tenis; si le gusta la pesca, el esquí acuático, o cualquier deporte náutico, la Laguna de Tamiahua está puesta pues su clima es propicio y la profundidad promedio es de dos metros.

No se puede olvidar al señor Samuel Margarito Lozano Blanca, autor e intérprete de “Tampico Hermoso”, canción que pintó musicalmente esta zona huasteca, en alusión a su abundante petróleo y emporio laboral; coplas que siguen vigentes y son himno de Tampico y remembranza de muchos recuerdos. “Donde las horas felices me pasé…
 

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